Vicente Mesinas

COMENTARIOS SOBRE LA OBRA DE VICENTE MESINAS


Cuando Vicente Mesinas y su cuñada viajaban de Oaxaca al Istmo de Tehuantepec para comprar papaya, solían pasar por Matatlán —pueblo afamado por su producción de mezcal—. Mesinas quedó impresionado con la visión de un paisaje de alambiques de fermentación, una caldera de cobre reflejando tonos rojizos y ocres. Algo ocurrió en su interior, un pretexto para pintar curvas y hélices con ritmo de paletas irrepetible (que después forjara el cuadro “Alambiques”) en su estilo tan característico: una gama de trazos orgánicos embozados entre veladuras de luz y sombra.

Cuando comenzó a pintar, Mesinas comprendió rápidamente que sólo a través del arte abstracto podía expresar todo lo que tenía en su interior y que no existen formas para describir lo expresable. Presintió que su desarrollo personal sería dado desde la interiorización de la pintura, presentimiento que ha ido madurando durante 14 años. Los cuadros de Mesinas nos ayudan a captar mejor el funcionamiento del espíritu de un pintor llamado por la abstracción; cómo responde su sensibilidad y cómo los colores constituyen para él un auténtico lenguaje, necesario y suficiente.

¿En virtud de qué mágica operación un cuadro, es decir, un trozo de lienzo tensado sobre un bastidor de madera, se vuelve abstracto? Cuando eso sucede con toda honradez, significa que ha perdido su materialidad, su realidad misma, puesto que la abstracción bien entendida no es sino algo mental, un producto del espíritu y en el espíritu. El origen de la abstracción se concibe como la desconfianza del mundo exterior. Tal como es, de este modo se llega a conceder más importancia a lo que ocurre en el hombre que a lo que sucede fuera de él.

Al imponer a sus imágenes ciertas modificaciones, conforme a sus creencias y a sus sentimientos, Mesinas demuestra claramente que desconfía de las apariencias exteriores, pues piensa que éstas le hurtan lo esencial. Según la crítica de arte, la imagen que se forja del mundo se encuentra en cuanto al sentimiento fundamental de la existencia, situado bajo el signo de la confianza o el de la inquietud. En el arte la confianza corresponde, generalmente, al realismo, y la inquietud a la abstracción. De este modo la tendencia a la abstracción se entiende como la consecuencia de una profunda inquietud del hombre ante el mundo. Al negarse a ‘representar’ un mundo acabado, tanto su resuelto pasado como su incertidumbre actual, el arte de Mesinas invoca al porvenir, ‘presenta’ y presiente nuestra situación en este lugar sin reposo que es la condición humana.

En su vida como en su obra, el drama se reduce a luz y calor oculto. Los ademanes de Mesinas son parcos y discretos. No hay ninguna brusquedad en él. Su voz, pausada y enérgica a la vez, es apaciguadora. Siempre es él mismo, sin esfuerzo, con una firme y tranquila seguridad. La nobleza, la ponderación de su carácter y una bondad que resplandece en sus mínimas acciones le granjean la estimación y el afecto de quienes le rodean. Tuvo una niñez turbulenta, tras la pérdida de sus padres y su separación del hogar. Dejar su casa a una edad joven significó conocer el mundo del viajero.

Encontró refugio a los catorce años como ayudante de un arriero de chivos, Don Pakot, en las riveras del río Atoyac. Como adolescente la compraventa de ámbar lo llevó a Chiapa de Corzo en 1993 donde se dio un encuentro que fue para él particularmente significativo y que relató como sigue: “Frecuentemente veía a un señor japonés tallando una pieza de piedra en su taller. Mi curiosidad por los karatekas, de niño, me provocó regresar repetidamente al taller del escultor. Al principio el señor japonés me trató de ahuyentar, pero tras la persistencia de mi presencia me invitó a trabajar como ayudante en su taller. El maestro Masafumi sembró una semilla en mí al dejarme trabajar con él y con su apoyo me ayudó a desarrollar mi potencial. Hasta entonces no había pensado en hacerme artista.”

Una verdadera obra de arte nace del artista. Mesinas habla de su pintura como un ritual que germina en ideas, colores y movimientos. Su obra se siente como la lúcida mirada desde un mundo hacia otro; un aire de valentía se respira en cada pincelada. En suma, su obra habla, siente y respira, es un ser –se desprende de él, adquiere una vida autónoma y se convierte en una personalidad, en un tema independiente: el tema que vive una existencia real. Y como todo ser vivo, su pintura está dotada de potencias activas: su fuerza creadora no se agota.

Entrar al cuadro significa para Mesinas penetrar en una conversación entre autor y obra: “el mismo cuadro me dice lo que quiere y no quiere”. Cuando está ‘dentro’ de su pintura no se da cuenta de lo que hace. Sólo tras haber, en cierto modo, ‘tomado conciencia’ es cuando ve a dónde quería llegar. No teme, en modo alguno, efectuar cambios, destruir la imagen, pues la pintura tiene vida propia. Únicamente intenta permitirle que se manifieste. Cuando Mesinas comienza un cuadro siente que está empezando un performance. Lo que quiere es actuar sobre el lienzo y, ciertamente, la pintura de Mesinas es una pintura de acción. Consecuentemente lo que importa no es tanto la obra acabada como lo que ayuda a su nacimiento, o este mismo, reconstituido en la galería. Mesinas se convierte en su propio escenográfo, y los cuadros no son, con frecuencia, sino los restos de ceremonias a las cuales se invita (a veces) al público. Mesinas evoluciona hacia la claridad y hacia la eliminación de cuantos obstáculos se interponen tanto entre él y la idea, como entre ésta y el espectador.

~ Paulina Rodríguez